Ariel is Blue (un asueto vacacional permanente)


Está por aquí y siento cómo me estrecha el cuello. Me ahogo, me está quitando la vida y no sé lo que es. Se siente como el peso de los años que llevo asomada al precipicio calculando la caída. Cuando inclino la cabeza me saludan algunas olas espumosas. Y las que ayer prometían una acogida tras la liberadora sensación de volar son hoy un vacío violento que amenaza con lanzarme contra las rocas.

El campo que dejo atrás está más verde que nunca y su hierba, una de las viejas amigas que me quedan, me seduce en un susurro para tumbarme con ella, ha preparado infusión papaverina y le gustaría platicar. Yo la miro con mucha pena. ¿Platicar de qué? Si tú y yo ya hemos platicado de todo, agotaremos el cosmos si seguimos así. Platiquemos un ratito hasta dormir, no te vayas, insiste. Me siento tentada a hacerlo, quedarme vigilante de las nubes y taparme los oídos consiguiendo inmunidad (cuanto menos temporal) al golpeteo del oleaje. En eso que la hierba me arropa y me acaricia y consigue sellarme los ojos para comenzar otro ciclo de narcosis.

En repetidas ocasiones despierto del coma preguntándome cuántas estaciones han pasado desde la última vez que dudé. Y esta vez la hierba está ausente y yo aprovecho para asomarme nuevamente. Miro la luna del reloj, ya no sé leer las horas, pero se me va el tiempo en imaginar que obtengo licencias para dominar los segundos en mitad del lanzamiento. Ojalá supiera cómo afincarme entre las nubes encontrando el punto medio, pero yo no creo en el punto medio y aunque creyese no sabría practicarlo.

Me giro a recordar, la hierba respira silenciosamente ajena a todas las maquinaciones y siento venir más culpa asfixiante. Recuerdo su nido terrestre en los días cercanos a la locura, también los bailes húmedos al son de mis jadeos. Sobre todo recuerdo los golpes de suerte, caprichosos y palpitantes, que se escondían bajo cuatro hojitas ermitañas. Un temblor desde la garganta sube hasta mis mejillas (últimamente lloro mucho) y me vuelvo a asomar. En el mar, al que apenas conozco, veo el azar de la marea, la peligrosa inmensidad, un añil ciclotímico al que, como a mí, le cuesta expresarse. Sobre todo, me veo perdida en el profundo, veo una muerte empapada de sed.

Y me digo que sí, que saltaré, conseguiré reunir el valor y mirar de frente al abandono que estoy por ejecutar. Pero hoy me quedaré mirando las nubes. 

Me cubro de canciones alegres que saben a cariño, cierro los ojos, comienzo un ciclo.




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