Nombre: Palmípedas emancipadas desafían el Estatuto de la Esencia
¡Me he confundido, he ido por un camino que no era! Bueno, bien, no me he confundido. Yo he tomado ese camino con la convicción cargada “a potrillo” (sobre mi espalda, de forma perezosa y endeble) y sin confusión a la vista. Pero me he equivocado, es lo que quiero decir. Yo pensaba que los patitos a los que yo iba siguiendo la pista se habían metido por esta callejuela que hay a nuestra derecha. Sí, esta en la que tiene lugar una reyertita. ¿Pero cómo van los cándidos patitos a decidir penetrar una reyerta, por pequeña que sea? Bueno, si lo piensas, es en los lugares en los que no piensan buscarte donde el escondrijo resulta más eficaz. Y con eficaz quiero decir que satisface su cometido natural para esconder. ¿De qué se esconden los patitos, pues? ¿de su madre? Unos patitos escapan de su madre porque esta les obliga a definirse. Los patitos deciden que aún son demasiado jóvenes para saber quiénes son. Las ya numerosas crisis identitarias a sus tempranos dos añitos los han dejado hechos polvo y han dicho “hasta aquí”. Y fue aquí justo la puerta de su madriguera (esta familia de anátidas parecía cohabitar con unos amigos temporalmente). La madre (mamá-pato, la pato-matriarca… ¿PATriarca? —…cuidado por dónde nos metemos…—) se ha pronunciado ante tal gansa transgresión: si tan mancebines y zagalosos sois para definiros, sereis también muy pezqueñines (¿peces? su intención es confundirles y ver si se proclaman de una vez por todas como patos, ellos ni se inmutan) para chupar teta. ¡Ey! Chupar teta. ¿Patos mamíferos? Ellos prefieren que por el momento se les apode con el nombre de “patitos” y no les vamos a hacer más preguntas. Suficiente tienen.
Comentarios
Publicar un comentario